Viaje al interior del cerebro

13/Ene/2015

El País, Álvaro Ahunchain

Viaje al interior del cerebro

En un sitio web
colombiano alguien tituló un artículo “Yo no soy Charlie” y justificó su paso
al costado en que la revista francesa contenía “mensajes racistas”. El autor se
escandalizaba de algunas tapas de Charlie Hebdo, como la de Mahoma siendo
decapitado por un verdugo de ISIS o la del egipcio que intenta interceptar las
balas que recibe con un ejemplar del Corán, sin éxito. El articulista pone un
ejemplo del tipo de “si yo dibujara a los humoristas de Charlie Hebdo tratando
de cubrirse de las balas con la revista, también se ofenderían”. A veces se
leen cosas que nos hacen pensar que el mundo está peor de lo que parece…
Para esa visión
pieletrista, un dibujo en que un ejemplar del Corán es incapaz de proteger de
las balas, es una burla a la muerte de un ser humano. No entienden que desde
Aristófanes, pasando por Molière y Chaplin hasta llegar a Monty Python y tantos
otros, el objetivo de hacer humor no es burlarse de nadie, sino comunicar en
forma contundente mensajes que pueden llegar a ser muy trágicos. Lo que he
podido ver de las sátiras de Charlie Hebdo, si algo tiene en común, no es el
racismo (¡qué manera estúpida de interpretarlo!) sino la denuncia a través del
humor de los malsanos fundamentalismos religiosos, tanto musulmanes como
cristianos y judíos. Nadie en su sano juicio puede interpretar como una burla a
Mahoma el dibujo en que el profeta llora por los tarados que cometen crímenes
en su nombre. Y por favor, no usemos el pobre argumento de que el Islam no
autoriza las representaciones de su profeta. Esa ley no obliga a quien no lo
profesa.
Hace unas semanas tuve
una experiencia bastante sobrecogedora a raíz de un artículo que escribí en
esta misma columna. Opinando sobre los crímenes de ISIS, califiqué a sus
militantes como “una banda de asesinos”. No faltaron los opinantes de foros que
me acusaron de simplista, dando a entender que esos señores que decapitan
frente a una cámara a periodistas y asistentes sociales, tienen sus razones
para hacerlo.
¿Qué hace posible que
personas nacidas y criadas en democracias occidentales manifiesten esta extraña
fascinación por el terror y el oscurantismo? Creo que hay un componente de
prejuicio multiculturalista. Con ese relativismo que todo lo domina en estos
tiempos, no faltan quienes reivindican el derecho a cometer actos contrarios a
los derechos humanos, “porque está en la cultura” de sus ejecutores. Como si en
nombre del multiculturalismo fuera respetable la pena de muerte, la tortura o
la mutilación genital femenina.
También hay un componente
de complejo de culpa por pertenecer a Occidente. La democracia republicana ha
tenido tan mala prensa, que no ha habido proyecto totalitario que no haya
captado adherentes de este lado de la vereda. Ayer fue el fascismo, el nazismo
y el estalinismo, hoy son estos fundamentalistas religiosos.
Algunos creen posar de
inteligentes al tejer teorías conspirativas del imperialismo y el capital
internacional, que podrían ser argumento suficiente para disculpar a los
terroristas. Lo seguro es que si un día ellos mismos enfrentan la hoja del
cuchillo o la ametralladadora de ISIS y Al Qaeda, no serán perdonados por su
corrección política.